animales

Double team: un desastre con carisma y un eco inesperado

La película de 1997 La Colonia, o Double Team como se le conocía, es un caso aparte. No es buena, ni mucho menos. Pero esa torpeza, esa flagrante falta de recursos, se ha transformado en un objeto de culto, un testamento de una época en el cine de acción que ya no existe.

El caos como estética

Jean-Claude Van Damme, en su punto más bajo, Mickey Rourke resurgiendo de las cenizas del boxeo y Dennis Rodman intentando una carrera actoral: la premisa es un cliché del género, una explosión de testosterona noventera y efectos especiales que hoy parecen un delirio. Pero en medio de esa avalancha de metraje, de tiroteos y explosiones, se esconde una escena. Una secuencia que, por pura casualidad, captura la esencia de un cine sin complejos, un cine que se atrevía a fallar a la cara, a romper las reglas y a divertirse haciéndolo.

La imagen de Mickey Rourke, a paso lento, alejándose de una explosión en Italia, es un momento de pura desesperación y, a la vez, de una extraña belleza. Van Damme lo describe con una precisión inquietante: “Hubo una escena en la que había una gran explosión detrás de él; y cuando explotó allá en Italia, sentí el calor —¡vaya!— y él ni se movió. Se quedó y estaba muy cerca. (…) Mickey es un tipo muy interesante. Quiero decir, es muy carismático”. Ese pequeño detalle, esa inacción ante el caos, es lo que hace que Double Team, a pesar de ser un desastre absoluto, alcance una especie de resonancia.

El desastre que se convierte en memoria

El desastre que se convierte en memoria

La película recibió críticas devastadoras, un 3.8/10 en Filmaffinity. Rodman, por supuesto, fue galardonado con un Razzie. Pero ese fallo colectivo, esa avalancha de errores creativos, se ha transformado en un recuerdo nostálgico, una anécdota dentro del canon del cine de acción. Es un recordatorio de que, a veces, las peores películas son las más memorables.

Un cine que ya no existe

Un cine que ya no existe

Double Team no es solo una mala película; es un reflejo de una industria que se había perdido el rumbo, una época en la que la acción reinaba suprema y la calidad era secundaria. Es un producto de su tiempo, un desastre glorioso que, contra todo pronóstico, ha logrado sobrevivir en la memoria colectiva. Una película para ver con amigos, una buena dosis de palomitas y la convicción de que, a veces, lo peor puede ser lo más entretenido.